Sense cafeïna

Any 2002. Set amics, set motxilles, primera experiència al continent africà.

Juliol no és el millor moment de l’any per visitar Senegal. Evidentment hi fa una calor que espanta. Amb 23 anys acabats de fer i uns ferms principis anticapitalistes, em nego a compartir una cocacola de litre amb els meus companys de viatge cada vegada que els nostres assedegats organismes ho demanen. Mentre ells gaudeixen de les bombolles i els edulcorants, jo busco algún lloc on demanar un suc de bissap, la beguda nacional del Senegal, una infusió de flors d’hibiscus d’un vermell molt viu que s’acostuma a servir freda a l’interior d’una bosseta de plàstic. És dolç. Té el gust de les petites victòries. El bissap esdevé la meva punta de llança particular, en un país on és més difícil trobar aigua potable que una nevera plena a vessar d’ampolles de refresc.

Som a la carretera. Fugim de Touba, de la seva gran mesquita i del seu infern de graus centígrads. Ens aturem enmig del no res. Tenim set. Repetim el ritual. Ells demanem una cocacola, jo avanço uns quants metres i li demano un bissap a una nena. Ella es gira, obre la nevera i en treu una ampolla groga i negra que deixa sobre la barra. Reconec l’envàs. No ens hem entès. A les cruïlles de Dakar, els venedors ambulants ofereixen als conductors ampolles grogues i negres com aquesta. Contenen oli de cotxe. Li repeteixo que el que vull és un bissap. La nena assenyala l’ampolla. Davant la meva indecisió, corre a buscar la seva mare, que s’acosta, obre l’ampolla i conclou: ‘Bissap’. No hi ha dubte. Això és reutilització i la resta, tonteries. Decideixo pagar la beguda, endur-me-la i desfer-me’n. No tinc cap intenció de beure-me-la. Faig mitja volta per tornar cap al cotxe. ‘Monsieur!’ Em torno a girar. La dona i la seva filla em fan senyals per a què em prengui el bissap allà mateix i retorni l’envàs. Obro l’ampolla i m’empasso el contingut d’un sol glop. No es tan dolç com d’altres vegades. Deixo l’ampolla sobre la taula i amb ella, la fermesa dels meus principis.

Aquest relat va obtenir el tercer premi del concurs de relats breus ‘Diari d’un Viatge Delirant’, organitzat per la Mostra de Turisme Juvenil de Barcelona (Barcelona, 2010).

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Sordo

7 de enero de 2005

Hoy se han llevado a Amelia. Sus hijos han decidido ingresarla en una residencia. Me he quedado sin vecina. Amelia y su estufa de butano. Amelia y sus pasteles de manzana. Amelia y su alegre bondad de anciana solitaria.

Me dijo al despedirse que el piso lo ocuparía uno de sus sobrinos.

9 de enero de 2005

No he pegado ojo en toda la noche. Ayer por la tarde, el sobrino de Amelia se instaló en su apartamento. El hombre ronca como un verdadero oso. Se trata de un ronquido constante, rítmico, melódico incluso, aunque atronador y molesto al mismo tiempo. La delgada pared que separa mi dormitorio y el suyo retumbaba en los momentos de mayor intensidad, como si un tren de cercanías pasara a escasos metros de profundidad. He llegado a pensar que iba a derrumbarse, y que iba a poder ver, entre una nube de polvo y un montón de escombros, la imagen de mi nuevo vecino, apaciblemente dormido, panza arriba y con la boca abierta sobre una cama desvencijada.

He ido a trabajar ojerosa. La jornada se me ha hecho eterna.

Por la tarde, de camino a casa, he pasado por la farmacia para comprar tapones de cera para los oídos.

10 de enero de 2005

Otra noche en vela. Ayer, completamente derrotada, me fui a dormir pronto, sin apenas cenar. Introduje los tapones en mis orejas y comprobé su efectividad encendiendo el televisor. Como de costumbre, un grupo de personas daba gritos y vociferada alrededor de una mesa larga. No conseguía escucharles. Satisfecha, me metí en la cama y me dormí enseguida.

Dos horas más tarde, el intenso gruñido emitido por mi nuevo vecino burlaba sin problema alguno el sencillo dispositivo que, inocentemente, pretendía proteger mis oídos. Desconcertada, he intentado convencerme a mí misma que debía dormir, abstraerme de los ronquidos y conciliar el sueño. Lo he intentado todo: he contado ovejitas saltando la cerca en un prado verde, he reproducido hasta la extenuación el típico chascarrillo que se hace a las personas que roncan, he intentado relajarme respirando pausada y profundamente con la barriga, he adoptado todas las posturas posibles e imaginables, he apretado con todas mis fuerzas la almohada contra mi cabeza, he golpeado desesperada la pared que me separa de aquel ruidoso calvario. Pero no ha servido de nada.

Exhausta y alterada, he ido a la oficina. A media mañana, el jefe ha venido hasta mi mesa con un presupuesto en la mano. Había en él fallos garrafales, impropios de una persona con mi experiencia. Al ver mi cara descompuesta y ajena a su reprimenda, el pobre hombre, avergonzado, me ha recomendado volver a casa y llamar a un médico.

He pedido un taxi. Me sentía incapaz de tomar el metro como todos los días. La idea de sujetarme a la barra durante el trayecto me parecía una quimera inalcanzable.

En la farmacia he comprado somníferos. La farmacéutica no se ha atrevido a pedirme la receta del médico. Al llegar a casa, he dejado el bolso sobre el sofá y me he metido en la cama, vestida, con zapatos y todo.

A media tarde me desperté muerta de hambre. Comí algunas sobras que tenía en la nevera y he ido a llamar a la puerta de mi nuevo vecino. Sabía lo que quería decirle, pero no cómo decírselo. Necesitaba hablar con él, pero me violentaba pensar en la situación. Cuando estaba a punto de presionar el dedo sobre el timbre decidí dar media vuelta y volver a casa.

11 de enero de 2005

Ayer tome un par de somníferos y me aseguré de ponerme bien los tapones antes de meterme en la cama. El oso todavía no había vuelto a su cueva. No se oía absolutamente nada al otro lado de la pared.

En mitad de la noche me desperté completamente sudada. Había tenido una pesadilla. Todo a mi alrededor temblaba y caía por los suelos a causa de un terrible terremoto que azotaba Madrid. Algunos ciudadanos conseguían salir de sus casas convertidas en ruinas. Los puentes se partían por la mitad, las aceras se resquebrajaban y las cañerías proyectaban agua al cielo. Mi vecino era el encargado de poner la banda sonora.

Me puse a llorar de importencia. He pensado en llamar a la policía o a la brigada que controla la contaminación acústica, pero me ha parecido ridículo. He sacado los cojines del sofá y los he metido en la bañera. El cuarto de baño es la estancia más alejada de aquel apartamento maldito. Improvisé una cama: una cama con paredes de mármol; tomé dos somníferos más y he cerrado los ojos con todas mis fuerzas.

Conseguí dormir hasta media mañana. Los somníferos me han dejado echa un trapo. En el contestador, María, la secretaria, me preguntaba si me encontraba bien y si iba a ir a trabajar. He llamado para disculparme y justificar mi ausencia.

Después de desayunar, he bajado a comprar material aislante en la ferretería del barrio. Me ha costado un dineral. Lo he instalado. Ahora mi habitación huele a química pura.

No tengo ganas de escribir, estoy cansada.

13 de enero de 2005

Creo que me estoy volviendo loca. Necesito encontrar una solución.

15 de enero de 2005

Ya no puedo más. Lo he intentado todo pero no hay manera de apaciguar el ruido del averno que hace una semana se instaló junto a mi dormitorio. Estoy absolutamente desesperada. No consigo pegar ojo por las noches. He intentado hablar con él, pero no lo he conseguido. He llamado a su puerta de madrugada, he golpeado la pared que nos separa con objetos contundentes, le he telefoneado infinitas veces, dejando sonar el aparato hasta la saciedad, pero no hay manera de despertarle, no existe forma humana de sacar al animal de su cotidiano proceso de hibernación. Durante el día no consigo dar con él. Siempre consigo dormirme cuando despunta el alba, y cuando despierto él ya se ha ido. Por las noches se repite la situación: yo dormito mientras él regresa a casa, y no soy consciente de nada hasta que sus ronquidos me devuelven a la cruda realidad.

Todavía no he vuelto a aparecer por la oficina. La medicación empieza a pasar factura a mi organismo. Tengo todo el cuerpo entumecido a causa de los nervios y mi rostro es el vivo reflejo de la extenuación extrema.

17 de enero de 2005

Tengo un plan. Hoy voy a esperar a que regrese. He comprado pastillas para mantenerme despierta. Tengo una botella de champán esperando en el frigorífico. Cuando el oso vuelva a casa, llamaré a su puerta y me presentaré – Hola, soy tu vecina, Ana. Amelia y yo éramos buenas amigas. Le propondré brindar por nuestra nueva condición de vecinos. Charlaremos un rato, nos desplazaremos por los típicos lugares comunes de una conversación entre vecinos. En algún momento derramaré mi copa sobre la mesa. Él irá en busca de una bayeta a la cocina y entonces disolveré un par de anfetaminas en el interior de su copa. Llenaré la mía y propondré otro brindis. Brindaremos por mis dulces sueños.

18 de enero de 2005

Se llama Javier y es tan guapo y tan simpático… Estuvimos charlando y riendo como si fuéramos dos amigos de toda la vida. Nos bebimos la botella de champán, y después otra que él tenía en la nevera, aguardando una ocasión especial. Una cosa llevó a la otra. Me sentía tan a gusto. Sin poder evitarlo me abalancé sobre él y comenzamos a besarnos y a tocarnos y a desvestirnos apasionadamente. Dos minutos más tarde estábamos completamente desnudos sobre la que había sido la cama de Amelia. Hicimos el amor durante toda la noche.

Hoy ninguno de los dos ha ido a trabajar. Hemos pasado la mayor parte del día arrastrándonos del sofá a la cama y de la cama al sofá. Hemos encargado unas pizzas y unas latas de refresco por teléfono. Me siento tan bien. Creo que me estoy enamorando… Sí, eso es…

20 de enero de 2005

Dicen que el amor es ciego. En mi caso es sordo como una tapia.

Aquest relat va obtenir el primer premi del segon concurs literari ‘PlanetaBabel’ (Barcelona, 2008)

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